miércoles, 31 de agosto de 2011

La colmena de la muerte

     Me produce cierta hilaridad cuán asombrosamente fácil le resulta a la gente en general otorgar el calificativo de "buena persona" a un individuo con el que se intercambian unas frases vacías, varios chistes con sus correspondientes sonrisas y algún que otro chascarrillo gracioso y oportuno en el momento adecuado. Vamos a ser serios y consecuentes de una vez. Para atribuirle el tratamiento de BUENA PERSONA a alguien yo empezaría por preguntarle ¿qué almacenas en el frigorífico y en tu despensa?, ¿qué guardas en tu armario? o ¿tienes en cuenta y te importa cuál es el origen de la infinidad de productos de belleza e higiene que utilizas a diario? Cuando la respuesta a todas estas cuestiones sea la adecuada, emanando desde la comprensión y el respeto hacia los animales, entonces y solo entonces, me estarás demostrando tu bondad como ser humano. No necesito ni tu palabrería insustancial, ni tus gracias, ni tus genialidades espontáneas sino me demuestras con hechos lo compasivo que eres.
     También me produce cierta sorna aderezada con generosas dosis de vergüenza ajena, la hipócrita actitud de algunos mal llamados animalistas que se arguyen la potestad de abanderar un sentimiento de solidaridad y respeto hacia los más desfavorecidos, cuando en realidad lo que hacen es salvaguardar unos intereses tan mezquinos como partidistas. Utilizar un universo de horror y muerte en beneficio personal me parece de lo más ignominioso, sin embargo, no me extraña en absoluto porque hay dos cosas que me dejaron de sorprender hace tiempo, la bestialidad de los hombres y la inteligencia de las bestias.
     El artículo de hoy versará sobre unos animales cuyo sufrimiento pasa completamente desapercibido para la mayor parte del mundo, no obstante la lástima es siempre el mismo sentimiento y no importa de dónde provenga. NO puedo, NO quiero hacer ninguna distinción sobre la génesis del esclavismo, el dolor y la injusticia más allá de si una especie pueda despertar más ternura y sensibilidad que otra. TODAS SON IGUALES y merecen nuestra solidaridad y nuestro compromiso con el mismo ímpetu. Voy a ser durante esta publicación tan perseverante e insistente como lo fue Catón en sus discursos ante el Senado de Roma con su conocida y famosa frase  "delenda est Carthago". Perseverancia que me llevará a repudiar y condenar cualesquiera circunstancias que supongan la vejación, tortura y posterior asesinato de un ser vivo e inocente. El hombre ha convertido nuestro planeta en un execrable infierno para todos los animales. La brújula de nuestra esencia señala constantemente la maldad como el norte de nuestros propósitos. Nunca cambiaremos...
     Voy a escribir sobre las abejas y sus deleznables condiciones de explotación, que si bien no levantan la misma indignación ni le conferimos la misma fuerza a la vehemencia de nuestras protestas que cuando se trata de la "fiesta" de los toros o el abandono de un perro en una cuneta, para mí, su sufrimiento, necesita y requiere el mayor de los respetos. Espero, querido lector, que una vez hayas concluido esta lectura, veas a estos laboriosos y metódicos compañeros de viaje con otros ojos, con otra perspectiva. Se lo merecen.
     Las abejas, como el resto de los animales, sienten. Un estudio realizado por los investigadores de la Universidad de Brandeis (Estados Unidos) pone de manifiesto la existencia de un ancestral mecanismo molecular que tiene como objetivo evitar el dolor. Son seres sociales, curiosos y sobre todo activos, que tienen la capacidad de reconecerse entre ellas por el olfato. Hay tres tipos, la reina cuya finalidad es poner los huevos. Las obreras, estériles y que se ocupan de realizar los trabajos de la colmena.  Y los zánganos, que fecundan a la reina y ayudan en la cría.
     ¿Y por qué las abejas entran dentro del ámbito de la explotación? Pues muy sencillo a la vez que lamentable, porque se generan pingües beneficios con la miel. El dinero no entiende de razones ni de sentimientos por lo que estos insectos son tratados de la misma forma que cualquier otro animal de granja. Cada año se producen entre doscientas y trescientas mil toneladas de este producto, lo que las condena a sufrir regímenes alimenticios artificiales, manipulaciones genéticas, constantes tratamientos con medicamentos y pesticidas, son inseminadas artificialmente y para rematar la faena mueren en enormes cantidades al ser transportadas producto del ahogo, el sobrecalentamiento o el frío. Igualmente perecen de forma sistemática y en gran número cuando se manipulan los panales, para ello es frecuente utilizar humo, corrientes de aire o bien agitándolos vigorosamente. Las que no mueren en este primer envite acaban con las extremidades rotas o las alas cortadas. En cualquier caso su final es evidente.
     Quisiera que retuvieras un dato en tu memoria, una reina, en condiciones normales, puede llegar a producir unos quinientos mil huevos en su vida, sin embargo, en el "mundo comercial" y en aras de la calidad de la miel, únicamente le permiten producir alrededor de trescientos mil en dos años con el consiguiente acortamiento premeditado de su existencia. La asesinan cuando consideran que ya no es de utilidad porque decrece la calidad de la producción y en algunas explotaciones este acto cruel se lleva a cabo anualmente. La abeja reina es inseminada artificialmente con el esperma extraído de los zánganos a los que, una vez concluida esta función, SE LES CORTA LA CABEZA. La inclemencia no termina ahí, porque suele ser una práctica habitual que a la reina se le corten las alas para impedir, de ese modo, que pueda enjambrar y llevarse consigo a las obreras para formar una colmena silvestre.
     No quiero que pienses ni por un momento que por el hecho de ser insectos están exentos de la capacidad de sentir. Cuando se les cercenan las extremidades o se les cortan las alas... SUFREN. También quiero decirte que tienes la oportunidad de poner tu granito de arena para evitar esta continuada masacre, adoptando alternativas tan válidas en tu alimentación como el sirope, la melaza, el azúcar moreno o los zumos concentrados de frutas. Sé solidario, las abejas te lo agradecerán.
     La especie humana no deja títere con cabeza, la alargada sombra de nuestra avaricia y crueldad es tremendamente siniestra y no hay animal, esté donde esté y sea de la condición que sea, libre de peligro. El daño que hacemos sin cuartel no tiene límite ni clemencia, por lo que tan solo me queda pedir humildemente perdón  a todos aquellas criaturas bondadosas e inocentes que en este preciso instante están padeciendo dolor o muriendo miserablemente,  y por todas aquellas que irremediablemente serán asesinadas.